CONCIERTO: PASION VEGA


Amor de contrabando.



Ponme un bolero con ron, camarero.



La gata bajo la lluvia.





Besame.




Mienteme.





No se por que te quiero.



Lucia.







A veces te descubro en el rostro que no tuviste.



El Otoño Recorre Las Islas…

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
mis manos contienen la lejanía de las tuyas
y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.
A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,
a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche.
A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha de aceite en el agua,
y es la hora de encender ciertas luces
y caminar por la casa evitando el estallido de ciertos rincones.
En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,
en tu pecho hubo tardes que al final del verano
todavía miré encenderse.
Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.

MEMORIA.

He vuelto al sitio señalado, a tu rastro de aguas amargas;
el atardecer ha caído al fondo del mar como un pecho muerto
y una campana da la hora cubriéndome de espuma.

Vuelvo a ti,
el otoño y el grillo se unen en la victoria del polvo.
Vuelvo a ti, vuelves a la caída, al primer acto.

Te levantaste de tus ojos con un golpe de amor en la frente,
con una piel de yerba que la mañana quería.
Te levantaste envuelta en tu tiempo,
todavía no arrollada por tu desnudez, por tu boca que se convierte
en una caída de hojas que el bosque padecerá oscureciéndose.

Te levantaste de lo que sabías,
de lo que olvidabas como se olvida la lanzada del mar
y un día nos despierta su ruido profético.
Te levantaste de tu frente
que era el horizonte elegido por la noche para su desembarco.

Yo esperaba, la noche se abría como un abanico de humo y conjuraciones
el rey muerto que llevamos dentro
se rió en el fondo de su ataúd de lodo.

Yo esperaba. Oía el retroceso, lo repentino del avance.
Nombraste mi pecho con un esguince nocturno,
la luz hacía en tus ojos su tarea oscura,
de pronto me miraste, ¿desde dónde?
¿Desde tus ojos que me veían o desde tus ojos que no me veían?
Y naciste bajo tu desnudez con un movimiento de agua y recuerdos.

A la hora del enlace de cuerpos, a la hora del brindis,
a la hora de la lágrima plantada en el jardín prohibido,
en la nada promiscua de las historias olvidadas,
en una brusca pregunta, en las conversaciones fatigadas,
en el modo como te quitaste los guantes:
—¿Te acuerdas?— dijiste avanzando.

Ese obsequioso silencio, esa pausa levanta polvo en tu corazón.
El tiempo reunido en una mano, en un guante que cae haciendo señas
por una ladera de palabras dormidas.

—¿Te acuerdas?— dijiste.
La palabra, el movimiento de la carne sobre el pecho de la tierra,
el idioma que la noche deja caer en los ojos como un puñado de piedras preciosas,
piedras que se convierten en guantes que caen.

Fruto prohibido y dieta recomendada por hábitos nuevos.
La mentira bosteza engordando,
el cansancio estira su lengua para cantarnos al oído.
La noche despierta en el muladar que los locos heredan,
la luz de mercurio petrifica en las calles gestos olvidados;
yo miro la ciudad desde la terraza,
la luz de los autos hundiéndose en el irremisible momento,
en el tiempo que aún sostengo con un vaso en la mano,
en el tiempo que despide tu rostro naciendo,
en el tiempo que hace del movimiento y la caída
el sólo momento.

—¿Te acuerdas?— dijiste.
Respiraste tendida, tus ojos se cerraron en la llegada del mundo.

La noche llegó en tu corazón, tú regresaste.
Rastro de alas dolorosas, de límites caídos al agua.

—¿Te acuerdas?— dijiste quitándote los guantes.
—¿Te acuerdas?— dijiste abriendo los ojos.


La mañana del 29 de mayo, un cable publicado en la tercera página del periódico Excélsior sorprendió con su escueta brutalidad a los amigos de Becerra, sin embargo hizo creer a algunos que podía tratarse de otra persona, pues en la nota se mencionaba que "El arquitecto mexicano Carlos Becerra Ramos murió en un accidente de carretera, en las cercanías de San Vito de los Normandos. Tenía 34 años de edad (sic)".

Por la tarde la noticia estaba confirmada: el arquitecto Carlos Becerra Ramos era ciertamente el poeta José Carlos Becerra. Se sabía también que su muerte ocurrió el miércoles 27 y no el jueves 28 como informaba el cable de ANSA. Con todo, de no haber sido por la publicación de este lacónico despacho, el cónsul de México en Nápoles hubiera sepultado el cadáver en la fosa común de Brindisi y rematado en subasta pública las pertenencias de Becerra, entre ellas los manuscritos de sus tres libros inéditos.

La noche del 4 de junio de 1970 llegó su féretro a México, al día siguiente, José Carlos Becerra fue sepultado en Villahermosa, Tabasco. Murió a los 34 años y 6 días.

Su obra poética íntegra fue editada en el volumen El otoño recorre las islas en 1973, con prólogo de Octavio Paz.[cita requerida]

En 1996, Álvaro Ruiz Abreu publicó La Ceiba en Llamas, biografía definitiva sobre Becerra. [cita requerida]

José Carlos Becerra fue un poeta oriundo de México, nacido en Tabasco el 21 de mayo del año 1936 y fallecido trágicamente en Italia el 27 de mayo de 1970. Desde muy joven fue vencedor de diversos concursos de relativa importancia en su país, y se esforzó por dar a conocer sus obras a través de los medios de comunicación. Cabe mencionar que antes de cultivar la poesía se concentró en el cuento y el periodismo. La beca Guggenheim lo llevó a Norteamérica y más tarde se dirigió al continente europeo, donde pasaría sus últimos años, aunque muy productivos a nivel literario. Luego de haber vivido en varios países, y cuando aún tenía mucho camino por recorrer, la muerte lo sorprendió a los 34 años.
Sus tres obras inéditas, "La Venta", "Fiestas de inviernos" y "Cómo retrasar la aparición de las hormigas" fueron rescatadas por los allegados del escritor y actualmente es posible hallar toda su producción poética bajo el título "El otoño recorre las islas". Como siempre, para conocer a un poeta no existe mejor manera que a través de sus propios versos; con ese propósito, ofrecemos una completa selección de poemas de su autoría, entre los que encontramos "El deseo concluido" y "Relación de los hechos"

ANEXO.
El espejo de piedra:
José Carlos Becerra, era un hombre preocupado por los temas sociales y es en 1968 uno de los primeros poetas en denunciar el crimen y levantar su voz. A tan solo un mes de los sucesos publicó en el suplemento La cultura en México el poema “El espejo de piedra”, en él señala: “y cuando intenten recoger esos fragmentos de ruido para contemplarse, / encontrarán en ellos solamente / a los muertos”.

El espejo de piedra:
Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco,
Los cuchillos de jade hallaron su visaje ceremonial en boca de las
[ametralladoras.

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco, Nuño de Guzmán oró
[ante Hitzilopochtli
y le ofreció el sacrificio.

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco, descubrieron aterra-
[dos que otra vez existía ese país,
aquel que ellos creyeron sepultado
bajo jade y las plumas y los estípites y los palacios de Adamo
[Boari y los desayunos en Sanborn´s,
de su oportuna y mestiza retórica.

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlateloloc, treinta años de paz
[más otros treinta años de paz,
más todo el acero y el cemento empleados en construir la esce-
[nografía para las fiestas del fantasmagórico país,
más todos los discursos,
salieron por boca de las ametralladoras.
Lava extendiéndose para borrar lo que iba tocando, lo que iba
[haciendo suyo,
para traerlo a la piedra del ídolo nuevamente.

¿Pero lo trajo de nuevo a la piedra del ídolo?
¿Pero tantos y tantos muertos por la lava de otros treinta
[años de paz,
terminarán en la paz digestiva e Huitzilopochtli.

Se llevaron los muertos a quién sabe dónde.
Llenaron de estudiantes las cárceles de la ciudad.
Pero al jade y a las plumas y al estofado de los estípites y a
[los nuevos palacios que ya no construyó Boari, y a los des-
[ayunos en Sanborn´s,

Se les rompió por fin el discurso.
Y cuando intenten recoger esos fragmentos de ruido para con-
[templarse,
encontrarán en ellos solamente
a los muertos hablándoles.

A treinta años de paz –como otros treinta años de paz-,
Más todo el acero y cemento empleados en inventar la sombra
[de un país,
Más a todos los discursos y los planes de negocios dulcemente
[empapados
Por el olor de los desayunos en Sanborn´s,

Se les rompió, de pronto, el espejo.
Se apostaron como siempre detrás de una iglesia,
poco importa si laica o religiosa,
y otras “Noches” y otras “Matanzas”,
vinieron en ayuda de ellos.
En la Plaza de las Tres Culturas,
el “Cacique gordo de Zempoala” y don Nuño de Guzmán y el
[anciano general perfectamente empolvado,
descubrieron que en realidad eran uno solo, porque secretamente
[siempre
desearon parecerse a Limantour.

Después de haber desayunado juntos en Sanborn´s,
el “Cacique gordo de Zempoala” y don Nuño de Guzmán y el
[anciano general perfectamente empolvado,
En la Plaza de las Tres Culturas, escucharon
-ya uno de los últimos conciertos-
el vals Dios nunca muere.

(El otoño recorre las islas, Editorial Era, sexta reimpresión 2002)



Poema: Recuerdos y Nostalgia..




Poema: Recuerdos y Nostalgia..

Entre tú y yo existe un abismo de silencios asesinados por el temor de querernos, de encuentros fugaces que hicimos eternos.

Nunca pude verte ,me encandilabas con tu azul sonrisa siempre en invierno y aunque no fuera a mi a quien miraras pensaba:hay amores sin dueños- y te sentía a mi lado sin tocarme, sin mirarme. me conformaba, tal vez no sabían de nuestros encuentros, de nuestras conversaciones interminables donde las palabras las convertimos en besos.

Recuerdo que siempre existía algo que nos separaba pero que a la vez nos unía desesperadamente sin que pudiéramos evitarlo.

Ahora que no estás, el alma se alimenta de los poemas convertidos en rosas. Es tan lindo soñarte y esperarte siempre .Aunque no vengas y la Luna, cómplice de amores antiguos, sienta pena y me haga un guiño para consolarme.

Nunca voy a preguntarte, ni a despedirme de aquellas sonrisas y recuerdos, repartidos en todas las rendijas de las calles que guardan nuestros secretos.

 Allí estaré, en los callejones oscuros de fantasmas, el miedo lo convertiré en osadía porque siento que te llevo dentro y llegará el poema de amor, cargado de caricias y besos que un día escribiste para mi.